jueves, 27 de marzo de 2014

I killed Sirius Black...


Una de las verdades absolutas de la modernidad es que leer es bueno. Todos debemos leer al menos veinte minutos al día, las bolsas amarillas son señal explícita de estatus y buen gusto. Sacar a pasear al filosofo de bajo del brazo es más común que sacar a pasear al perro y hasta la modelo más frívola tiene que tomarse en algún momento una foto leyendo o, al menos, cargando un libro. Leer es cool, aseguran algunos, es bueno (para qué, nadie sabe, pero de que lo es, lo es), tiene más beneficios que comer fibra y (a semejanza de brebaje mágico) te hace más inteligente así nomás con pasar hojitas unos minutos al día. Leer es increíble, lo mejor de lo mejor y, sin embargo, al preguntar qué nos da la literatura, es fácil caer en la trampa de las respuestas trilladas, de lo que dicen los comerciales televisivos o, por no ir más, en los afanes pedagógicos, aún hablando con especialistas.
No veo a la lectura como solución a la falta de dinero y las ganas de viajar, ni como vehículo lúdico del conocimiento, no veo que los grandes lectores sean necesariamente buenas personas ni que me haya mejorado mi ortografía. Por lo tanto, no creo que mi insistencia se deba a los beneficios que me dé leer. Incapaz de admitirlo las más de las veces, a menudo llego a pensar que leer no me trae ningún beneficio, que me llena de manías, de rencores absurdos (en contra de seres imaginarios), peor aún, creo que ha traído montones de pesares de desengaños, berrinches y miedos improbables.
Es así, lo cierto es que, no es difícil pensar que leer no es tan bueno.
He regresado a los libros por otras razones, más banales y, a lo mejor por eso, más íntimas: la universalidad nos acerca a los otros pero nos aleja de nosotros mismos. En esa medida, no creo en las premisas públicas sobre el porqué leer y creo que por eso no funcionan: sin empacho admito que si me dan a escoger entre leer Los tres Mosqueteros y el improbable viaje a París en el siglo XIX sin dudarlo elegiría el segundo. Pensar en Los Mosqueteros como premio de consolación es trágico e injusto.
Acudo a mi bagaje personal y pienso que cuando yo comencé a leer no creí que hubiera descubierto una forma de viajar, de conocer otros lugares, de aprender o de ser mejor persona. De alguna manera, a través de la lectura, he hecho todo ello y, sin duda, mucho más, pero no es ello lo que me hizo una lectora, no es ello lo que me ha hecho regresar a los libros una y otra vez, algunas incesantemente, otras haciendo gala de resiliencia tras acabar de pleito con algún título o, de plano ni acabar. He regresado siempre, algunas veces triunfante y otras veces con miedo y he pensado en no regresar enfurruñada, indignada ante la osadía de algún autor descorazonado.
Leer no es fácil: leer en serio, al menos, no lo es. No sólo requiere concentración sino disposición, ganas de entrarle, pues. No siempre es fácil entender qué leemos pero, sobre todo, a menudo leer puede ser incómodo. 
Me explico.
El hecho sólo de decodificar una historia, poema o ensayo no tendrá más trascendencia por sí mismo pero leer lo que se dice leer implica pensar en lo que se haya leído. Aún en el peor de los casos, lo que leemos deja un marca en nuestra mente, en esa parte peligrosa del hombre que es la memoria, hay cosas que leemos que no sólo siempre recordaremos sino que pasan a formar parte de nuestro lado más vulnerable y sensible: nuestra memoria poética. Hay sucesos, palabras, sugerencias que desafían la voluntad, se cincelan entre retentivas no literarias y se mezcla con ellas para dar un nuevo sentido a nuestra vida. Leer nos cambia y no nos cambia no como ser lingüístico (al menos no en mayor medida) sino como ser emocional. Para probarlo basta revisar las miles de anécdotas pottéricas en las que un perro negro es Sirius Black y cualquier araña Aragog. Una luz verde intensa puede ser una señal de tránsito pero para un potterhead será un Avada Kedavra. 
Esta retentivas literarias no son parte de la realidad, son una mentira, una ficción, conviven y aun condicionan a las reales: les dotan de nuevo sentido, las dotan de un exceso de significación o crean nuevo significados. Al pensar en lo que leemos, nuestro cerebro dispone de elementos no reales para jugar, legos no convencionales con los crear ideas, conceptos y manías. ¿Qué sentido tiene no temerle al fuego si uno no es de la Sangre del Dragón ni se apellida Targaryen? Lo peor es que podemos controlar qué y cuándo leemos pero no siempre qué y cuándo pensamos con lo que leímos. La ficción permanece a disposición de nuestro cerebro y éste podría usarlo en nuestra contra cuando menos lo esperemos.
Por eso leer te confronta, te deja ver quién eres en realidad: tal vez eres como un personaje que odias, o descubres que vicios como los tuyos provocan grandes catástrofes en otros mundos, que no hay justificaciónpara tus justificación que tienes deseos profundos, insospechados y que te recuerdan a Sauron. 
Tengan cuidado: leer es peligroso, puedes descubrir que quieres tener un pata de palo, que eso de pistear mientras andas a caballo parece muy divertido y que te encantaría gritar a los cuatro vientos : I killed Sirius Black

jueves, 2 de enero de 2014

Digo que no puede decirse el amor....

Dicen que no puede decirse el amor, que se come como un pan, que aturde como un panal, que se llora como a un  muerto y que, como la vida, es mortal.
Dicen que amar es la alegría de, una alegría unida a la idea de su causa.
Dicen que amor es preocuparse por el otro aún en la tormenta y que es recuerdo en la calma. 
Dicen que no puede decirse el amor pero no dicen si puede aprenderse. 
Un día yo aprendí el amor, lo aprendí sin saber si lo aprendía se día o si llevaba años aprendiendo en los parques, las calles y tranvías. Lo aprendí sin saber si era ensayo o imitación de una vida de querer amar, de querer querer como sólo se ha de querer un par de veces en la vida. 
Y quise y amé como si se me fuera la vida en ello y se me fue un poco, como si entre un par de pasos se pudiera recorrer todos los caminos.
Quise amar como se ama en las grandes novelas románticas y en las rosas y en las contemporáneas, como se ama en los tiempos de cólera o como amaba Don Quijote a Dulcinea. Me aferré a amar como se ve en las películas de niñas, como dicen que no puede amarse los desencantados, como reniegan los cínicos, como temen los débiles. Me esforcé por amar como quería que me amaran, como debía amarse para morir en el intento y así me amaron.
Me amaron con miedo en la tempestad y con fuerza a media noche, con fuego en la sangre y frío en el reproche. Fui la princesa de los cuentos, la musa de las poesías, la lujuria de las promesas más terribles. Fui sonrisa tierna al despertar, erección en las madrugadas, abrazo en las noches y juegos en el atardecer. Fui tanto como uno puede desear ser y más. Fui deseo y fui arrepentimiento, fui lo que no se quiere ser: tormento de error, miedo de perdón, desdén obligado con reproches. Fui torpeza, terquedad y miseria pura y trágica.
Fui lo que no se puede aprender en toda la poesía ni en las canciones, llanto vivo y menguado por las horas, temblor en la voz y la espalda a la que ya no se acude por consuelo. Aprendí, entonces, el rojo vivo del recuerdo y lo sufrí, sufrí como lección eterna, como clase sin fin. Huí como tarea no terminada y no encontré consuelo ni plazo para reconfortarme y aprendí lo que no quise aprender.
Dicen que no puede decirse el amor y dirán también que no puede aprenderse pero se puede, no sé cómo ni cuándo pero se puede. Se aprende como se aprende a caer de los patines, como se aprende a reconocer una torcedura, como a perdonar un error propio. Se dice como se dicen las buenas noches cuando hace frío y no se siente, como se dice perdón y se siente, como se dice nada y se entiende.
No sé cuándo no cómo pero aprendí que el amor es este suave vacío del recuerdo, esta sonrisa de la paz perdonada, la paz de la soledad temida y amiga al fin.
Aprendí y sé bien que el amor se dice, se aprende pero, sobre todo, se enseña.

lunes, 18 de febrero de 2013

para poder perdonar

El perdón es ese acto de bien con el que nos desprendemos del rencor y el resentimiento para poder seguir, para no dejar de caminar. Son amarras, los resentimientos, que no nos dejan caminar que nos acortan los pasos. Podemos ir con ese lento arrastrar de cadenas durante años, andar con ese lastre de errores ajenos. Dicen que lo más complicado es perdonarse a uno mismo, sin embargo, me parece que la  lejanía de los traspiés ajenos es más bien supuesta: las más de las veces manchan nuestros propios pasos.

Hay destinos que se unen, algunas suertes están escritas como una sola al menos por una parte del camino, ellas están atadas para bien o mal y el tropiezo de uno es la caída de ambos. En algún momento somos esos seres dobles que caminan, viven y ríen juntos, ese completo de las medias naranjas.

Somos responsables por la felicidad del otro, su tristeza es nuestra causa, su desesperanza nuestro enemigo, el otro está en nuestras manos como nosotros en las de él. Y así como somos, seres imperfectos, nos herimos, nos espinamos con la cercanía, nos lastimamos sin afanes.

Los errores de los enamorados son tan pintos y variados como amores hay, pueden venir del miedo o del orgullo, del rencor y del cariño, pueden ser una piedrilla que nos haga dudar del camino o una sucesión de obstáculos que nos reten el carácter.

¿Somo tan tontos los hombres que nos hemos educado para ceder, para rendirnos? No hay pasiones sin decepciones, el orgullo es el juego de la vanidad que hipoteca finales felices. El miedo nos mueve con furia y desdén, apostamos por un caballo cojo y ciego teniendo en frente al semental. No hemos sido educados para saber amar, nada nos puede enseñar más que nuestros errores y estamos muy cultivados en desdeñarlos y no perdonar.

Los vicios de la posmodernidad son los verdugos del ser tan indefenso y frágil que parece ser el amor. Y digo parece por que el amor sobrevive a nuestros vicios, a nuestras vanidades, a las piruetas que hacemos cuando le jugamos chueco. Ni la distancia ni los reproches, ni las terquedades ni el orgullo pueden evitar esa belleza tan frágil que nace cuando los que se aman se tocan, se ven, se hablan. No importa que se hayan desdeñado los títulos, que se hayan marchitado los entusiasmos ni que calles, horas y silencios se usen como fronteras; la casualidad o la causalidad puede acercarnos un día cualquier y ese brote de centellas, de suspiros susurrados delatan que, entre los tercos, pasa como un fantasma el amor.

No puede el hombre perdonarse los genocidios, no debería perdonarse los infantes olviay dados ni las mentiras que dejan hambre. Se miente el hombre hablando de progreso y posmodernidad mientras aún hay analfabetismo y guerras. Ése es el Hombre, el Hombre con mayúscula para saber que somos todos lo que cargamos con estos pecados originales. ¿Acaso los hombres con minúsculas somos más sabios?

No, somos el verdugo de aquél que nos amó, nos ama, y nos deja ir, nos pierde aunque lo busquemos, nos teme por traspiés ya muy arrepentidos. Somos quien ejecuta las pasiones para después pedir perdón, somos quien no perdona para no ser débil.

Somos, los hombres, hijos de pasiones mezquinas que reiteran el crimen vulgar aunque ello calle lo sublime; que desata la furia para no hacerse responsable por el cariño, preferimos darle alas al rencor que darle los brazos a la ternura. Alimentamos guerra para taparnos los ojos y no ver al amor que dejamos morir de hambre.

No, no sabemos perdonar, ni al que nos deja ni al que no quiere volver. Las fuentes pueden ser las mismas, los errores podemos conocerlos y ni así somos un poco capaces de perdonar y dar vida o dejar morir en paz a esta pasión que en algún momento fue un pequeña alegría con alas.









sábado, 9 de febrero de 2013

Apología hedonista

Diario buscamos, nos levantamos con esta pesadez del lento devenir para poder encontrar, con la más o menos vana esperanza (según sea el caso) de encontrar eso que se busca. Se busca, por principio la felicidad, o eso diremos los que no buscamos la supervivencia, lo que no hace plenos (qué, ojo, no completos), lo que nos llena, nos da peso. Esa búsqueda puede ser más o menos intensa dependiendo de qué tanto tiempo no dediquemos a lo urgente, que por principio siempre está antes que lo importante.

Entonces por ahora podemos decir que las jornadas se nos van en despertar para satisfacer lo urgente y atender lo importante cuando ya se haya cumplido con el itinerario oficial. Las felicidades, aunque bien conocidas, son pocas y simples, en otras palabras: difíciles de mantener.
Están estos pequeños placeres que son buenos hasta en los peores días. El cigarro bien fumado, el café bien preparado, el chocolate bien elegido, el hombre bien tenido. Los clichés tan queridos que son los sacos de granos, las compras o, cuando hay un poco más de tiempo, un poco de tele o una peli. Ahí están todos, en muchos casos al alcance de la mano, literalmente. Todo una despensa con nuestras  recetas personales favoritas.
Yo siempre he apoyado abiertamente los principios hedonistas: el placer por delante. Con el tiempo la vida me ha hecho un poco más estoica pero por naturaleza defiendo la buena vida: una honesta aspiración sibarita (que bien especifico honesta). No entiendo la infundada aversión por el placer, que no cualquiera sino el verdaderamente inocente.
Por qué inocente: bueno, la vida es cruel y llena de dobles intenciones, aun los placeres más puros y humanos son los más perversible. No hay placeres morales ensalzados en nuestra sociedad. El cuerpo humano está expuesto sin un mínimo de buen erotismo, todo está cargado de esta lujuria comercial tan alejada de nuestra realidad. La comida es una culpa o un lujo, o no engordamos y andamos flacos por la vida con nuestra cara de malcogidos o degustamos una extrafukin big hamburguesa  sabiendo que hasta la lechuga sola estaría más llena  de hormonas que un ratón sano. No hay placeres sin satanizar, ahí están: los siete pecados capitales patrocinando culpas y condenas desde hace algunos siglos.
Podemos decirnos humanistas y librepensadores para, con mayor saña, ensuciar tan sanas prácticas: cogiendo sin una pisca de creatividad amatoria, durmiendo sin prisa cuando más nos requiere la revolución, descansando en una paz que no se vive ni dejan vivir, ahí están, estamos, menospreciando al que lee poco, mintiéndonos como si no hubiera bellezas tan grandes y reales ahí en los parques o en los tranvías.
Tenemos amarrados los placeres y con sogas de poca monta. Somos tontas víctimas de nuestros prejuicios. ¿Qué, tan malo sería poder desear un día en que liberáramos, uno a uno, a nuestros siete pecados? Imaginad, imaginad con una imaginación sibarita y aprender a hacer de ello algo moral. Que no sea lujuria sino pasión, erotismo desencadenado, suelto para ser como es: animal y curioso. Que sea ira y dejarla ser enojo, frustración y miedo para poder entenderla, para poder controlarla. Y entenderla para saber que es ira y saber cómo pararla, dormirla, perdonarla. Es complicado pero si defendiéramos a estos placeres y construyéramos un andamio para disfrutarlos en serio, a conciencia y con conciencia, tal vez seríamos más felices y podríamos entonces asumir mejor lo urgente e, incluso, tal vez, hacer tiempo para lo importante.

sábado, 26 de enero de 2013

Las cosas que amamos


Durante la búsqueda de la belleza aparecen en el camino pequeños y grandes detalles que parecen hechos para hacernos sentir. Involuntariamente se nos encogen los párpados sin reconocer bien cómo es que se activa en nosotros la sensibilidad a la belleza. En los ojos de quien mira está, al final, el misterio del vínculo inexplicable que nos une con lo que nos mueve: nos conmueve. 
Todo aquéllo llega a nosotros sin que nos demos cuenta: lentamente repta hasta lo más profundo de nuestra sensibilidad, se aloja en esa pequeña habitación que es nuestra memoria poética, la parte más suave de nuestro carácter. No es que hagamos nuestro lo bello sino que lo bello nos hace suyos, pertenecemos a esos detalles, a los cuadros de realidad que enmarcamos, a los sonidos que hacen que sonriamos y que nos llevan al lugar de nuestra alegría. 
Con un poco de atención, comenzamos a especializar de otra manera nuestros sentidos, a perfeccionar vista, olfato, oído, gusto y tacto para disfrutar plenamente todo ello. Nos educamos para comprender, desmenuzar los componentes como si con ello pudiéramos ser más poseedores y menos poseídos. Sin embargo es imposible. Amamos lo bello y somos de las cosas que amamos, podemos definirnos a partir de las cosas que amamos.
En las personas, la belleza puede ser aún menos sensitiva y más etérea, casi sólo humo, algo inaprensible. Amamos, sí, el olor de su sexo, el sabor de sus labios, la vista de cierta curva y el sonido de las palabras en su voz pero también amamos algo que aunque olemos no es propiamente un olor, acciones que se ven pero que no son imágenes, sonidos que son acciones: el sabor de su perdón, el tacto de su miedo, el olor de su esfuerzo, el sonido de su paz. Somos rehenes verdaderos del sonido ya no digamos de su risa sino de la risa que nos provocan, esa cadena es más fuerte que la que puedan hacer todas las demás bellezas juntas, es más fuerte y más peligrosa porque en ella hay dos encadenados. Ver y poseer belleza nos hace bellos, nos hace producir nuestra propia dosis de ese algo etéreo. 
La belleza nos ata, nos hace artistas en una cama, en las escaleras o en la cocina. Los que se aman son artistas exponiendo su arte en los parques y los asientos del transporte público y como a tales sus actos poéticos los definen: son buenos artistas en relación con la devoción y la pasión que tenga con su creación, con el compromiso y la lealtad que le profesen.
En ningún museo del mundo hay más belleza que la que podemos ver todos los días en la calle, debemos pararnos a adorarla, a admirarla a hurtadillas.
Debemos comprometernos, entregarnos a la creación, jugar al Louvre. Saber que al final uno no elije qué amar, que somos víctimas de nuestras musas y que al final no son sólo motivo, razón o fin sino nuestro refugio, santuario, cajón de nuestros ensueños. El rincón en el que estamos con lo aquellas cosas es el centro sagrado de ésta que debería ser nuestra religión, templo en el que somos iluminados y en el que no somos sino posesión de algo sencillamente puro y perfecto: es el momento en el que somos de la belleza.

jueves, 17 de enero de 2013

Si hablara de poesía...


Recuerdo la sensación cuando comprendí a Paz y lo que decía de lo poético, entiendo la explicación que me dieron de tal y pienso en lo poético como ese velo de belleza y juego con lo que cubrimos las cosas: lo que hace al acto rito. Lo comprendo como una relación entre lo que es (el significado) y ese juego maquiavélico y desconcertante que puede ser el lenguaje (significante). Por otro lado la poesía es eso que escribimos de lo poético, de lo que nosotros (o el autor) vemos de lo poético. Cuando leemos versos de alguna manera sentimos que son o no poesía para nosotros: que los sonidos juegan, proponen, insinúan y develan o que son sólo emisiones huecas que no nos traspasan, que se nos resbala. También reconocemos lo poético, vemos el aura de ese nosabesqué (don´t know what) que nos hipnotiza.
La poesía, junto con lo poético pueden ser grotescos aterradoros o subversivos. La primera, al decirnos en código, nos resulta un juego al que podemos recurrir incluso para sentir perder, como en el caso de la poesía romántica. El amor y la poesía han producido los versos más tristes muchas noches y con ello enmarcado un tipo especial de lo poético: lo poético y trágico.
En este sentido, el amor por su naturaleza potencia la ambigüedad poética, es campo fértil para los juegos de emociones y palabras. No en vano nuestro padre Roland Barthes hace un inventario de las figuras que caben en el amor, cada una de ellas como, y con, una veta de exploración poética. En muchos casos es éste candor el que provoca el primer acercamienton con la poesía y por lo tanto su primera impresión. La poesía es, ante todo, sobre el amor. 
"El amor es un sentimiento joven", creo recordar que decía Márquez y como tal encuentra en el final un descubrimiento terrible y catastrófico: el fin, en fin de lo bello y de la felicidad. El enamoramiento es también, en la misma medida o tal vez más, un sentimiento joven: lleno de entusiasmo y ensimismamiento, de "ilusiones". La poesía es sólo la materialización de la belleza que tiene lo poético, la poesía simplemente nace, da voz a las alas.
Me pregunto entonces: ¿no hay poesía en el largo vivir? ¿Sólo hay poesía en el amor? Y el siempre estimulante carpe diem (1) ¿ no está lleno de bellos momentos?  ¿Acaso la poesía termina con el felices para siempre, si es que  hay tal? Entonces recuerdo que la poesía es voz, nombre, palabra, que no puede faltar belleza sino ojos que la busquen y voz que la nombre. El mundo no está falto de belleza nunca, son los ojos que miran los que, la mayoría de las veces, no la buscan.
Pero ¿quién se debe a la poesía? Los poetas, por principio,supongo, los artistas, por extensión y el resto de los simples mortales ¿qué hacemos? Me da miedo vivir en un mundo sin poesía, en un mundo donde no veamos lo poético. Conociéndolos, no quiero confiar del todo ni en los poetas ni en los artistas:  hace falta mucha poesía en el mundo y es cosas seria.
La poesía debe hacerse. Debe hacerse y como se hace el amor: con la piel, con palabras suaves, con sudor y con pasión, sobre todo con pasión que sin eso ya no es ni amor ni poesía.
Debe hacerse y hacerse diario, hacerse con paciencia, con un poco de cabeza, con ganas de jugar y de nombrar lo bello, buscándose y recordándose, reinventándose, expresando, sacando, puliéndose, recordando diario que hemos elegido la poesía y recordar en ello los versos volátiles de Jiménez, el color y el juego de Darío. Hay que recordar oyendo las viejas charlas, teniendo nuevas, conociendo al poeta, único poeta que terminan siendo todos los poetas que conocemos y que se vuelven uno solo en nuestra memoria, en la voz que nos repite sus versos en la oscuridad (única diferencia entre el amor y la poesía).
Entonces se debe tomar la responsabilidad por lo poético y hacer poesía. Si no alcanzan la métrica ni la paciencia para hacer versos se puede uno decidir por la palabra que vuela: la hablada, la que se va. Nombrar lo poético, tan simple como eso, habremos puesto nuestro grano de arena y si pareciera que le falta poesía se debe sonreír al hablar y ahí estará: con los oídos correctos seremos juglares laureados. Esta responsabilidad descansa, por el otro lado, de mucha menor apariencia obligatoria de leer. Cuando uno lee poesía nos dejamos fluir un rato en su cadencia e inevitablemente nos empapamos en ella, nos llevamos esa poesía sobre los párpados y nos deja ver el mundo a través de ese velo y así amarlo.
Lo poético, al final, por algo es aquello que se nos escapa, que, ni aún en la poesía, termina de ser dicho, algo que oímos pero que no ha sido enunciado, que vemos en lo que nos está vedado o que no podemos ver aunque se observe. Lo poético es algo que está en nuestra común soledad, que podemos compartir y que, por eso, es un regalo.

(1)Toma el día, en latín, se refiere a aprovechar el día.

domingo, 13 de enero de 2013

La noches es oscura y está llena de terrores

Dice Melissandre, la Mujer Roja de Game of Thrones, que las sombras son hijas de la luz, sólo dónde puede haber luz existe oscuridad, entre más intensa sea la luz más oscuras las sombras. Somos luz y  sombra, no cruda materia.
La fe es luz, la luz de Nuestro Señor, de La verdad, de Buda, Brahma o lo que sea que sea. Creer nos hace verla, seguir hasta el final del túnel. Los verdaderos creyentes, los buenos religiosos, no desertan: caminan y caminan sin preguntar, confiando en que el bien está allá, esperando, esperándonos. Para los ateos puede parecer absurdo pero la fe no necesita razones, hay algo que está ahí y no necesita pruebas, razonamientos ni explicaciones: es. 
También lo bueno es luz: los seres justos, bondadosos, honestos son luminosos. La luz no sólo está en el creer sino en el hacer, podemos traerla a nuestra vida aunque no de manera fácil (no siempre, al menos). Se debe ser recto y fuerte para poder evitar, por lo menos en alguna medida, las sombras.
Como no hay caminos sin sombras, en nuestro viaje cruzaremos muchas veces por senderos oscuros, tenebrosos, probablemente olvidemos que hay algo más que imágenes apenas sugeridas y tinieblas. Será fácil mentir, gritar, hacer más espesa la noche, entonces renegaremos de nuestros númemes, plañiremos en contra de nuestras creencias y justificaremos vicios poniéndoles careta de error. Pero  como el hombre puede mentirle a todos menos a uno mismo, sabremos que somos nosotros fuente de nuestra peor desgracia, de la peor parte de nuestro tormento: la falta de fe y la falta de fuerza.
Somos, entonces, cruda materia, inerte costal de sapos y culebras que contamina lo que se le acerca. Es inevitable: somos seres contagiosos que, en nuestro momento de vicio, llenamos de ponzoña lo que nos rodea. Lo somos por no creer, por dejar ir.
Si todos somos luz y sombra, una lucha de fuerzas, yo elijo el lado luminoso, el lado poético Elijo amar y perdonar: amar al príncipe que nos saco de la torre, al que espero cien años a que despertáramoos; perdonar al ogro de nuestras tardes. Escojo no ceder en mis convicciones y domar mis miedos, ver las sombras y perseguirlas, no ceder por ver gigantes aunque cace molinos, caminar cautelosa pero segura de que en la mano llevo la antorcha de estas convicciones morales que bien conozco porque los he leído en los cuentos. Jugar con mis amados pero no con sus sentimientos, jugar con la voz pero no con la poesía.
Elijo el lado luminoso, el lado que conocí en los cuentos. En las letras se encuentra todo lo que se necesite pero, sobre todo, belleza, consuelo. A los libros he acudido siempre para encontrar fuerzas, inspiración. No hay ideales más altos que perseguir que los que nos promete el arte. A estos dioses de palabras acudo para saber qué elegir. Elijo la luz como Marius al proteger a Cossette, como Tomás al no abandonar a Teresa. Aunque puedo encontrar también las sombras y temer por la tentación, por lo fácil que es equivocarse como cuando las princesas hacen a un lado al príncipe o la flor desprecia al que la ha domesticado, sé que el error es el riesgo de quien hace, que incluso la princesa y la flor fueron perdonadas.
Elijo la luz que he sentido entre los versos de otros amantes con mejor rima, en la locura de andantes caballeros que no pierden espada, en la sencilla belleza de la inocencia y en el amor a los burros blancos (aunque los rucios sean más lindos). 
Elijo preguntarme cada noche si he ganado, si he logrado ser luz, repetirme cómo brillar un poco, cómo mantenerme para no ceder, cómo combatir estos vicios para luego buscar esa fuerza y esa luminiscencia en algún libro, en la historia que me hará soñar cosas lindas, para descubrir nuevas formas de ser belleza y dormir  pensando en ellas.
Elijo iluminar los rincones de esta habitación donde guardo mis demonios, donde es portero mi lado más mentiroso y cínico, más condescendiente. Donde me hago de la vista gorda para no juzgarme. Aceptar estos infiernos que conozco bien de los libros, que trato de guardar bajo llave, que me molestan cuando reconozco a una joven que deja atrás un amor que sólo necesitaba perdón, cuando el héroe pierde la fe en su amada. Enfrento estas bellas palabras que me echan en cara tormentos que ya conozco, tormentos que me inventan.
Elijo estar ahí para dejar ver a mis amigos y amantes perdidos, para iluminarles el camino a aquéllos que han elegido entrar a este laberinto que soy a veces. Quiero ser razón y sentimiento pero los dos con nobleza, con piedad: ser fuerza no bruta sino con cariño, para ser como ese caballero de resplandeciente armadura, para ser la chica árabe que mora en sueños, para jugar a velarle el sueño a Cupido temiendo ser tan Psique.
Para ser luz, luz busco, luz encuentro y luz cultivo. Para ser luz acudo a ese bloque de belleza portátil, en él me refugió, escapo, tomo fuerza y ejemplo. 
Quiero ser luz para desafiar a la duda, para tener fuerza, para luchar y no ceder. De ahora en adelante no hay más duda: sólo la certeza de mi lucha y mi convicción por esta causa, porque cuando crezca quiero ser como alguno de los personajes que conocí en los cuentos