lunes, 12 de noviembre de 2012

09 XII 12 Laresponsabilidad de ser romántica I

Es una gran responsabilidad ser romántica. La gente suele tomarse a la ligera o modo de broma cuando les aseguro que soy un héroe romántico pero es cosa seria. Cualquiera llora un poco (o un mucho) por amor, es fácil involucrarse en una relación destructiva y atarse a vicios, el Don X de la esquina tiene una relación pasada sin superar y no se necesita ser más que promedio para cantar las de dolidos de todos los tiempos, pero mantener una postura filosófica apegada al puro estilo romántico del finales del XVIII es como para ser admirado.
En la literatura, los protagonistas de estas obras son así, nadie nunca les dice que no se tiren al piso o que no exageren, nunca pasa por la mente de ningún personaje secundario decirles que la morra no es para tanto ni que vayan a terapia. Toda la obra justifica el dolor candente que se va tejiendo desde lo más encantador del idilio, base sostén de la cosmogonía romántica, que se va retorciendo hacia el abismo de preguntas que es necesariamente la ruptura o separación. Puede ésta última resolverse (muy de acuerdo con el espíritu incandescente y apasionado de nuestro héroe) con un suicidio, pero no es ésta la única solución, sin embargo, todo ello no importa pues su vida está trazada con el único fin de demostrar que se vive y se muere por amor, para amar y sin saber si se es amado. La duda es otro de los pilares de la cosmogonía.
Uno no es capaz de confrontar a Werther y puede uno odiarlo o amarlo por esa entrega tan pasional como desafortunada pero ya. La mayoría incluso renegaría de pensar, tan solo, la posibilidad de actuar como él. La realidad no es un libro, dirán muchos, y debemos aprender que no hay "felices para siempre": llevan una vida diciéndonoslo.
Sin embargo, hay quienes nos enorgullecernos en declararnos románticos lo que, en muchos casos, reditúa en placeres embriagadores pero otros en vicios de media noche, insomnios que descansan en pesadillas, juegos rememorados y retentivas recreadas con algo que a mucho les parece morboso placer.
Se cree, a menudo, que somo incapaces, tan siquiera, de sabernos románticos y que vamos por la vida a trompicones, de desastre amoroso en desastre amoroso, sin saber que sólo nos falta un poco de malicia y un tanto más de cinismo: dejar ir y ya, no llorar, no dejar volver... Pero no, no todos lo sabemos y lo nombramos y muchos van por ahí sorprendiéndose de lo mezquina que es nuestra naturaleza, descubriendo vicios mortales en los personajes míticos de nuestra historia, jugando a que la gente cambia y a que volverá.
La sola consciencia sea, tal vez, la condena definitiva, porque a los primeros se les puede defender bajo su ignorancia pero a uno, que sabe que sufre de a oquis, cómo perdonarle tantas ganas de sufrir, tanta estupidez, tanta debilidad para dejar ir y tanta fuerza para esperar.
Asumir que soy romántica me condena a saber que una noche cualquiera me sentaré a ver las fotos del amor como si no doliera, que mi voz mencionará su nombre y que no hay forma de no pensarlo al despertar y desearlo y luego saber que no lo tendré. ¿Podrán los no románticos confrontar la inquietante necesidad de su voz, el afán esquizoide por su tacto, el enfermizo anhelo de su voz  y defenderlos? Yo los defiendo, defiendo estas ganas de llorar al escribir de él, las de llamarle para mentarle su madre para luego pedirle perdón y luego decirle que lo amo y que sin él me muero. Doy la cara por esos sentimientos tan bastardos siempre para el no romántico: ese oído que pide una voz que reprocha, unas manos que se aferran ante la ansiedad, los ojos que se inundan para humillar al abandonado. Salvo y salve Él, el que sea, a todos los pequeños infiernos que nos creo tras un par de ojos, entre un par de manos, con un juego de llaves de amor para cada rincón que quiso abrir.
Parece poca cosa,  plantarse y dar cara con la sentencia de "abandonada" pegada en la frente parece poca cosa cuando uno además lo legitima como gajes del oficio y lo cuida al amparo de error de cualquiera. Cuando uno es herido y parece perdonar y parece volver a ser herido y volver a perdonar.
Por si fuera poco, nadie nos enseña a gozar lo bueno, no hay novelas románticas que terminen en "y ella se miro en sus ojos y supo que ahí pertenecía" y eso que mucha falta nos hacen. Yo sólo elegí el lado luminoso, amar antes de ser amada, amar con toda la fuerza que pueda y hacer cualquier cosa por amor, en ello se me ha ido la vida y los ensueños pero al menos se siente saber qué pocos aman tanto y tan bien como yo y con tanta conciencia.
Por eso hay que volver a Werther, pensar en su desesperación, paladear su agonía, pensarlo y repensarlos para aceptar que él así era, que el ha dado paternidad al romántico, lo ha legitimado. Él así era y nosotros así somos y como él debemos ser: valientes, domadores de estos miedos y sus soledades, defensores de la causa de nuestro mal, idealistas. Debemos ser sobre todo valientes para tener amores para siempre porque la inmortalidad es de los valientes. 

sábado, 18 de agosto de 2012

30 V 12


 De las complicaciones de tener novio

Hay miles de detalles que hacen complicado tener “novio”, en pleno siglo XXI, se crece aprendiendo a ser todo menos una buena novia.  Claro, la revolución feminista nos ha dejado liberación sexual, lo que nos hace  buenas amantes; oportunidades justas de trabajo, lo que nos hace profesionistas exitosas;  independencia personal que nos convierte en fiesteras expertas.  Somos una nada más y somos tan buenas siéndolo que cuando somos una de dos entramos en crisis. Maldición, de repente somos unos machos: presumimos nuestras conquistas al calor de los tragos con congéneres, no llamamos, olvidamos aniversarios y somos menos detallistas que un oso. Pero, además, queremos un caballero, espada en mano que encarne a nuestro príncipe azul, que nos salve de nuestros demonios, adivine nuestro estado hormonal y respete nuestra forma de ser. Claro, que venga por nosotros a caballo y con flores pero no nos pida horarios ni explicaciones.
Para ellos no debe ser más fácil. Las relaciones o son cortas o son una jaula. Bien, somos una generación en la que ahora nosotras huimos, nos cocinan y recibimos dramas telefónicos. Las charlas hablan de tal o cual chico que conocimos y del cual ahora no nos podemos zafar, cuando encontramos uno con quien establecer una relación nos sorprende lo dramático que es y si acaso éste no fuera atento y chillón maldito macho, que se coja a su madre que es la única mujer con la obligación de soportarlo. Si alguna mujer cede “pobre de ella” vive en el siglo pasado.
Bien, felicidades, sobrevivimos el XX y ahora ya nadie nos cede el paso ni nos trae flores. Genial, hemos ganado tanto. Pensemos en los adultos contemporáneos, aspiración en la que vemos encarnadas a estas féminas ¿en serio queremos seguir su ejemplo? Ok, ok, tener 7 hijos a los 24 y ser una quedada a los 27 no es una situación como para añorar o desear pero esa generación de treintañeros atorados en su soltería me da miedo. Los veo, con su café Cielito Querido o Starbucks en mano, gordos pero suscritos al gym o con bicicleta retro, viviendo con roomis o solos pero con un refri que nunca tiene leche pero si cervezas de importación. Ciertamente no es para envidiarlos y de casarlos, uff, ni esperanzas. No saben hacer relaciones y hablo de las mujeres por ser el sexo que medio entiendo. No sé que hagan mal los varones pero veo a las chicas y oigo entre líneas la nostalgia por la maternidad que se les escapa entre los dedos, por el matrimonio deseado pero no pedido, por una familia feliz que tal vez no tengan pero de la que hablan tomando shots de 200 pesos la copa cada viernes.  Claro, ser independiente ha de ser cool, lo supongo desde mis situación de estudihambre sin licenciatura pero vamos ¿acaso las maestrías los hacen cosmopolitas y solterones?
Entre mis coetáneas oigo las quejas al compromiso y entre esa otra generación veo el fruto del compromiso con tales quejas. Dirán  que soy conservadora y seguramente lo soy pero ¿cuando perdimos la obligación de jugar a la casita y a la comidita también perdimos el derecho a tener una casa y a cocinar? Está bien, la elección nos hará libres, pero ¿no habrán sido esos romeñosbiclaretro víctimas de su libertad? ¿Detrás de sus iphones no desearan a veces cambiar pañales? No digo que los hijos sean la felicidad pero ¿si somos todos tan cultos e intelectuales y sabemos que la unidad de la sociedad es la familia será que la desdeñamos sutilmente sólo por ser hijos de una generación de divorciados?
No soy socióloga ni psicóloga social, ni siquiera una buena novia. Odio llamar antes de irme de farra, soy pésima con la familia política y siempre tengo una sarta de comentarios irreverentes dispuestos a ganarme enemistades en la punta de la lengua. Ya no crecí para cocinar y no tengo ni un poco de miedo a no casarme y sin embargo me he llegado a preguntar si estamos más cerca de un equilibrio o más lejos. Me sorprendo deseando tener una casa llena de juguetes tirados y me sorprendo más viendo a mis amigas sorprendiéndose  deseándolo también. Qué chistoso, hace 70 años las féminas luchaban para que no se les obligara a desear esa vida, ahora hasta nos asusta tan siquiera pensarla.
Y en la práctica, reconozco que luchar contra tanta liberación femenina me hace rosamente feliz. Me acostumbré fácilmente a recibir flores y a que carguen mi mochila, quiero que me recojan y me entreguen como si fuera paquete y está bien bonito decir “mi novio” en lugar de “ah, ése”. Ojalá todo lo retro esté de moda porque tener novio es lo más complicado y cansado que he hecho en mi vida, obstruye con todo eso que las feminazis  quieren que seamos y aún así me hace tan feliz que me hace sentir la princesa de mi propio cuento, con todo y príncipe, como si estuviéramos en pleno siglo XVI.

19 VIII 12 ...y vivieron felices para siempre

Se dice frecuentemente que todo final es un principio y deberíamos entender de una vez por todas que la mayoría de las veces es cierto. En el cuento La historia medio al revés Ana María Machado nos dice que lo más complicado de todas las historias es el final: vivir felices para siempre. Es cierto, cuando uno ha encontrado a su príncipe y éste ha derrotado dragones y demonios, ha luchado por nosotras (su princesa) y nos ha traído del final del mundo convenciéndonos de que somos lo más importante de su vida llega ese momento en el que debemos simplemente ser felices hasta el final. Desde los presócraticos, el hombre ha hecho de la felicidad el centro de sus disertaciones filosóficas y la única finalidad de su vida. Tiene sentido pues para qué más puede vivirse sino es para ser feliz. 
Cuando se trata de algo tan serio, entonces, uno debe darle prioridad al asunto y comenzar a buscar el cómo de tan peliagudo fin. Así, se puede uno ir enfrascando en búsquedas infinitas en las que se confía en el poder del dinero, en la importancia de la familia, la salud, la posición social, el éxito profesional o el propio poder. La psicología y la terapia revistera insisten en que el secreto está en la la actitud que se toma ante la vida y la manera en cómo manejamos todo lo anterior asumiendo como centro del universo nuestra persona pero sin ser egoísta. Ser feliz es la mitad un acto de malabarismo emocional con otro tanto de convicción y un extra de realismo e imaginación que entre todos nos permitan gozar el día a día sin perder de vista que la vida es larga y uno debe vivirla toda y de preferencia bien. 
Podemos dejar de lado una larga disertación sobre la felicidad y asumir que la gozamos, sin embargo, sólo hemos aprendido a tenerla en soledad y si no sabemos compartirla resulta que aún menos cultivarla en compañía. Parece complicado ser feliz ante todo e ignorar que vamos más lento de lo que queremos, que tenemos un jefe que es un imbécil y que seguiremos teniéndolo, que la escuela no es lo que esperábamos y que, como todos, encajar es difícil por no decir que imposible, pero cuando además de eso uno debe ser feliz con alguien más la cosa ahí parece imposible, al menos sin enamoramiento.
Aclaremos uno puede amar, amar profundamente y sin reservas, pero uno sólo puede amar verdaderamente en la medida del conocimiento del otro. Amar es saber que bebe del envase y que se limpia del suéter aunque sea jugo de uva y playera blanca, antes de eso es sólo enamoramiento. Estar sólo enamorado es  pensar que dejara de hacerlo, eso y que dejara de dormir con calcetines, de reusar las piyamas aunque sea evidente que su límite de suciedad expiro hace varias puestas, eso y, de paso, que a nosotros dejará de molestarnos cuando lo haga la vez un millón dos y como por arte de magia. Uno puede amar y estar o no enamorado y viceversa. 
Entonces, sólo enamorados sí que podemos ser felices para siempre, sin embargo al amar uno aprende que el enamoramiento no es como un suéter que uno pueda ponerse o quitarse y que a lo largo del tiempo a menudo vendrán etapas en las que parezca imposible seguir conviviendo con ese remedo de cromagnon que nos destapa cada noche. Es cuando alguna alma caritativa  nos debería leer La historia medio al revés para aprender, o recordar, que por eso el final es tan complicado: no importa que no haya dejado papel, ni que use nuestra toalla, que no alcance para la renta o que un dragón amenace nuestro reino, ante todo uno es feliz, se es feliz para siempre. 
Cierto es que es lo más complicado del mundo y como todo para dos no es el doble sino como el quintuple por una regla matemática que nadie ha estudiado aún. Lo bueno es que al parecer la misma regla hace que valga cinco veces más la pena. La vida diaria es mortal, las flores y los mensajes de amor se hacen esporádicos sólo por que sí y es fácil culpar y fingir demencia pero lo cierto es que el amor está tan devaluado, el enamoramiento a la alta y la cursilería  barata tan en boga que tal vez lo único que podría ayudar es leer cuentos para niños. 
Ser felices para siempre requiere de una sensibilidad especial que no nos mienta cuando se trata de un capricho o de una cadena, de constancia  y paciencia como de santo para que los frutos no nos parezcan pequeños y desabridos. A cambio uno es feliz para siempre y parece poca cosa a veces pero  si hemos ganado destreza sabremos reconocer que pocas cosas tan envidiables como siempre tener a alguien para reclamarle un abrazo durante esas noches de frío y pesadillas,  siempre tener quien nos abra la mermelada y nos alcance el cereal y con quien platicar y reír en calcetines los domingos. Al final es cosa de reconocer que esos "siempre" hacen que todo valga mucho más que la pena.
Tal vez alguien debería cambiar los votos de la iglesia y hacer decir a la gente cuando se casa que en vez de estar en la salud y enfermedad uno será feliz para siempre.

martes, 29 de mayo de 2012

27 V 12

Hasta que la muerte nos separe 

Demando mi derecho a ser una gran amiga y exijo mi obligación. En la vida hay cientos de personajes qué conocer y qué ser. Debe darnos tiempo de ser grandes amantes, luchadores insaciables, profesionistas apasionados. En nuestra búsqueda por la felicidad hay compromisos que tomar por caminos, senderos que seguir toda la vida. A futuro nos llenamos de promesas, en la vida diaria construimos relaciones que nos llenen la vida, que nos aseguren felicidad y prosperidad. Toda la estructura de nuestros ideales se llena de planes, de horarios, de palabras para sostener esa estructura con la cual cumplimos todas esas facetas. Con todo, debemos afrontar un deber diario, una constancia necesaria: debemos renunciar a la renuncia para poder tenerlo todo. Todos esos todos están encarnados en personajes prototípicos, figuras que representen alguna de esas caras que debemos ser: amantes, padres, profesionistas, rockeros, revolucionarios. En sus historias los vemos ser sólo ese personaje y alrededor puede haber otras formas pero ninguna tan importante. Entre ellas puede haber amigos pero la amistad será una decoración más que una pasión, no hay obligaciones ni reglas, es un sentimiento basado en el placer.
El amor es el sentimiento de la supremacía, nuestro amado el que más feliz nos hace, más triste, más nos hace reír y más tiempo nos gusta regalarle; la amistad es el sentimiento de la constancia, es resistencia y memoria, nace de la convivencia y no del flechazo. Esto es evidente en el lenguaje, tenemos una palabra para cuando encontramos a ese alguien a quien amar: nos enamoramos, pero a alguien para hacerlo nuestro amigo: no hay palabras, ni para clasificar el amor ni para definir la acción. En sonorense está el verbo camarear, es cuando alguien se hace camarada de alguien más, pero, a menos que la casualidad juegue de nuestra parte, ese nuevo camarada, sin importar cuánta química haya, no será nunca nuestro verdadero amigo. 
Por principio, un amigo primero es pura escenografía, luego será personaje en nuestra vida pero el propio devenir lo llevará ahí, nada más. La voluntad viene con el tiempo y la intimidad y no viceversa, como en el romance. 
La amistad es una relación de diario, de convivencia, hay que tratar mucho a alguien antes de que éste sea en serio nuestro amigo y, sin embargo, usamos la palabra como muletilla al referirnos a un desconocido, cualquier a quien le queramos pedir indicaciones es nuestro “amigo”, devaluamos el concepto, nadie dice a la ligera que alguien es nuestro amor pero un extraño cualquiera puede ser elevado momentáneamente a la categoría de amigo. Es más, ni siquiera hay sinónimos: consorte, aliado, cofrade, partidario, adjunto o colaborador son algunas de las sugerencias de Word pero en realidad son más rasgos de la relación que sinónimos. Un amigo debe ser todo eso y más. 
Y yo me siento a pensar, entonces, lo que hace a mis queridos mis verdaderos hermanos (que se me hace una palabra más acertada pues un hermano no siempre es un amigo y un amigo verdadero sí es un hermano) y recuerdo aventuras, desazones, pérdidas, alegrías, travesuras y descubrimientos, todas ellas acciones con un rasgo común: una implicación de compartir. Ante todo es compartir, compartirlo todo: juegos, lágrimas, miedos, teorías. Son préstamos: el amor es un regalo, la amistad un préstamo. Mientras que nuestra pareja nos pertenece un amigo no, nos está prestado, se lo robamos un rato a su propia pareja, a sus padres y a sus responsabilidades para saborear el devenir del tiempo y saber que hay cosas que permanecen. Por eso su tiempo es el pasado, la memoria su espacio. No hay futuro en la hermandad, sólo lo ya vivido, lo que ya hicimos juntos. Ellos están ahí cubiertos de memorias, alumbrados con la luz de las sonrisas que ya nos provocaron y el futuro será siempre incierto. De hecho el futuro es su amenaza, sin decirlo, los amigos saben que tal vez mañana la vida los haya alejado y lo perdido será, de nuevo, sólo memoria. 
Demando mi derecho a ser una buena amiga, exijo se me permita ser una gran amiga como hay grandes poetisas, empresarias, activistas o modelos: todas ellas comprometidas y enclaustradas en este gran personaje. Demando mi derecho a amar a mis amigos como amo a mi novio, con la fuerza insaciable de mi juventud, con la ansiedad de mis hormonas, con bríos y furia ante las complicaciones. Y demando mi derecho a gritar cuando la vida nos aleje, a llorar cuando las cosas se enfríen, a luchar por un poco de tiempo… 
En la vida he creído tener muchos amigos, hombres que me hagan reír y jugar, mujeres con quienes compartir y soñar, personas para regalarles mis tiempos de dudas, de alegrías. Tras tantos cambios apenas he conservado un par, para mi angustia he visto más flores caer de las que he visto nacer. En algunas noches me he tenido que sentar a llorar la tristeza de perder algunas estrellas de mis constelaciones favoritas. 
Las lágrimas de mis amigos han sido tan saladas y tan amargas como las de mis amores. Lo peor es que de mis exnovios puedo decir que hice amigos, el famoso “pero podemos ser amigos” puede funcionar con el tiempo y la distancia pero con un amigo no queda más que la memoria, sólo memoria de ellos. Exijo mi obligación de estar ahí, de buscar mis aliados, de llamarlos a mi encuentro, de buscarlos entre sollozos y esperarlos con la satisfacción de mis triunfos. 
Exijo mi compromiso para hacerlos también los amores de mi vida, de llenarlos de “gracias”, de escribirles versitos malos de media noche y de llevarles flores. Quiero pensar en envejecer juntos, en prometerles parasiempres, en llenarles la cara de besos, en criar hijos juntos. 
Y después de años, en los amigos que sobreviven, vemos que la amistad, sin libros, sin personajes y con tan pocos poemas es tan fuerte (no más ni menos) que el amor, y que al final sí tiene ritos, costumbres y hasta un futuro que nos prometa estar ahí hasta que la muerte nos separe.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Superficial

La piel: primera frontera humana, límite del yo, punto de encuentro entre el mundo y uno mismo. ¿Será que en la piel nace el erotismo? No creo, aunque puede que, un buen número de veces, nazca de su simple visión. El desnudo es la confrontación más simple del individuo con el mundo. Nacemos sin ropa y sin ropa deberían enterrarnos, regresarnos a la tierra como si fuera nuestro nuevo útero, tibio, enorme, listo para hacernos suyos. En la piel nos graban la primera marca de nuestra feminidad con los aretes, nos perforan para recordarnos que debemos usar pendientes y que con ellos se nos regala, en parte, el don de la vanidad, del adorno. Más adelante, sobre la piel descubrimos las texturas de los que nos rodean. Más vívidos que las siluetas o los colores son los tactos, la forma en la que una u otra persona se siente. A lo largo de nuestra vida revivimos, con mucho más pudor, ese afán por ser tocado, por medio de los abrazos, con todo y tela, tratamos de retener a esa otra persona y la forma única como se siente. Sobre éste límite también experimentamos el mundo, sus superficies. Nos untamos de pintura, de lodo, de comida, de baba para saber cómo se siente todo, cuando la exploración del afuera parece totalmente explotada nos probamos a nosotros mismos, nos lamemos, nos tocamos, nos acariciamos con curiosidad y comparamos nuestra propia piel con otras pieles, nos reconocemos dedo a dedo como es probable que reconozcamos a otros más adelante.
Y entonces nos reconocemos contenidos en esta elasticidad, en esta membrana que nos separa los dedos, que evita que fluyamos hacia el exterior. Estamos atrapados en nosotros mismos y por más que nos estiremos no podemos alejarnos de nuestra orilla, confundirnos en nuestra materia. Tenemos que afrontar nuestra finitud y ahí afrontar nuestra soledad, nuestro exilio y saberlo también refugio. Así podemos empezar a acumular polvo en las cavidades, guardar, como sobre papel, las memorias de lo que hemos hecho ¿qué son nuestras cicatrices sino marcas de lo que hemos vivido? Reconocemos el lugar donde nuestras manos embonan mejor en nuestra cintura, en nuestro cuello, cabello, entre los dedos o tras nuestras piernas. Con cada gesto reconocemos cada una de nuestras necesidades táctiles: de apoyo, de pasión, de consuelo, de seguridad y la sorpresa que es sentir como otra piel satisface esas necesidades se vuelve, con el tiempo, la más apremiante de todas.
Sobre el desnudo ajeno nos reencontramos. Sólo creo haber experimentado esa sensación de estar frente a lo inabarcable al estar frente a un cuerpo que se anhela. Se posa, sobre la piel, un nuevo elemento jamás experimentado con tal lucidez o intensidad: el deseo. Como fina capa de polvo lo cubre todo. No sé si el deseo nazca de la epidermis o de más abajo ¿será que nos surge la lujuria del centro mismo del cuerpo y se va expandiendo como en olas hasta quemarnos las puntas de los dedos? Los sentidos empiezan a mandar mensajes cruzados, lo que oímos queremos besarlo, lo que olemos queremos tocarlo, lo que vemos queremos tenerlo. Nunca estamos tan enfundados en nosotros mismos y el afán por poseer se confunde con el de compartirnos, con el de darnos por completo. Los lugares que en nosotros eran comunes se hacen extraños: surge un nuevo tacto, uno que empieza con la simple cercanía y que se delata con el siempre sensual y sugerente acto de crisparse.
Crispar. (Del lat. crispāre). tr. Causar contracción repentina y pasajera en el tejido muscular o en cualquier otro de naturaleza contráctil.
Es como si la contracción repentina y pasajera evidenciara como tratamos de estar más adentro de nosotros, involuntaria necesidad de huir. Así debe sentirse la muerte inminente. Nuestra cárcel se convierte en un refugio para dos.
Y sin embargo ostentamos este desnudo. La piel es nuestro atuendo. Sobre su lienzo justo, entallado, exacto, colgamos, pegamos, anudamos, pintamos, perforamos. Somos una obra de arte. Aunque no siempre una obra maestra o terminada, a menudo nos gana la vanidad, el sentido práctico, el deseo de no sobresalir o las ganas de enseñar un poco de piel. El manejo cuidadoso de un corte, un desliz, una apertura; la precisión de un botón o agujeta; la sugerencia de un dibujo o marca. Nuestra superficie es vista, juzgada, aprobada o desaprobada, es la superficie de la carta que jugamos a los ojos de la enorme partida.
Es impresionante, de repente me sorprendo leyéndome nuevos lunares y nuevos destinos en las manos. Creo que sobre cada centímetro traemos y nos grabamos lo que las estrellas dicen sobre nosotros en algún cielo que no es el nuestro.

lunes, 18 de julio de 2011

18VII11

Navegantes

Posiblemente lo sepan, posiblemente no, pero aquí, en el centro de Xalapa, venden un postre llamado Plátano Navegante. Es una cosa simple, un plátano frito preparado con lechera, media crema y mermelada. Es algo simple pero hay cuestiones en las que la sencillez es mejor, como por ejemplo en la alegría. La felicidad nunca es complicada, las disertaciones al respecto sí. Lo maravilloso de este platillo no radica tanto en el acto gastronómico en sí: una sobredosis de azúcares y grasas, sino en el nombre. Las palabras dan un nuevo sentido a la idea de llenar el estómago con un alimento que a simple vista amenaza con provocar un coma diabético, lo convierten en algo casi poético, diría nuestro maestro de ensayo: sublime.
Algo que navega es algo que viaja. El viaje es el ir, el ir para volver, volver un tanto igual y otro tanto distinto. Las partidas son todas distintas, un tanto por el que parte un tanto por el que se queda; un tanto por el lugar que se deja y otro tanto por aquel al que se llega. En la Edad Media, en los libros de caballerías, el viaje representaba el crecimiento, cuando un héroe partía era para regresar otro, para mutar con el andar del camino, para aprender a disertar con las encrucijadas, para valorar con la distancia y perfeccionar el fino arte de rememorar. La nostalgia debió nacer en algún recodo. Partir es dejar, ir a donde no se nos espera. Lo encontrado es siempre sorpresa, el miedo es parte de los pasos. El andar se redimensiona cuando nos aleja de lo conocido. Siempre hay destinos con los que nos encariñamos, suelos que nos llaman, recorridos que nos hacen desearlos, en los que los pasos parecen hacer menos ecos y las sombras ser menos amenazantes. Pero no sólo llegamos a los lugares sino a la gente. Una vez me dijeron que al que viaja se le nota, que se le ve en los ojos por que en ellos se les ve la senda que los espera. No sé si a mí se me vean los senderos pero tal vez, antes de partir, se me veían los recodos.
La gente a la que llegamos son destinos con sombra, llenos de sus propias voces, de sus propios viajes. Son navegantes que han encallado en sus propios puertos, con tempestades a cuestas y noches a mar abierto. Uno nunca sabe que mares han cruzado las embarcaciones pequeñas. Así es como uno, un verano cualquiera, se encuentra con unos pares de naves a la deriva, cultivando palabras, jugando a la rima y a la voz. Y en las noches uno puede oír los ecos de la lejanía, pensar en las trayectorias aún pendientes y en las noches de historias que se avecinan, en los juegos sobre la mar salada. El viaje es reconocimiento, en los paisajes, en los climas, en las tradiciones, pero sobre todo en las personas. Y es ahí donde cambiamos, donde se transforma el caminante. Al comprender todas esas nuevas palabras, al ver todos esos ojos distintos, al jugar con todos esos aromas en la nariz y al dejar que todos esos cuentos se nos guarden un poco en la garganta.
Yo no conozco distancias insalvables, aún no al menos. Tampoco conozco aún viajes decepcionantes, pero tal vez soy muy joven. Lo que sé es que éstos son todos distintos y que estimulan, cada uno, todos nuestros sentidos. Hay viajes que nos llenan la nariz con el olor al café, con el tacto de las calles empedradas, la vista con niebla y los oídos con risas acalladas por otras naves. Sin embargo no imaginaba a que podía saber un viaje hasta que probé esos plátanos: dulce como los amigos recién encontrados: inesperado en lo abundante de su alegría, exagerado como brincar en la cama y reír a carcajadas y digno de ser repetido como los pasos que se pierden. Una buena razón para siempre volver.